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El bando equivocado2009
30
Jun

El bando equivocado

En mí anterior artículo hubo quien se sorprendía de que alguien supuestamente inteligente como yo (todo un halago presuponer mi inteligencia cuando hay tantos —y sobre todo tantas— que la ponen en duda) pudiera estar vinculada a una asociación como Fundación Triángulo. Pues bien, hablemos de colectivos LGTB.

Por Libertad Morán


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Y es que algo de razón deben de llevar aquellos y aquellas que ponen mi inteligencia en tela de juicio. Lo admitiré: tengo una acusada tendencia a militar en el bando equivocado. El colectivo equivocado, la editorial equivocada, la novia puñetera… (ay, no, que esto último no tiene nada que ver). Podría citar a Ortega y soltar aquello de que yo soy yo y mis circunstancias pero sería una salida demasiado fácil. Aunque la verdad es que los tiros van por ahí. No por las circunstancias sino por la casualidad. Caí en Fundación Triángulo por casualidad al igual que muchas otras acciones o situaciones en mi vida. Y a estas alturas de la película no perderé ni un segundo de mi tiempo en defender a una entidad que, a día de hoy y en mi opinión, mantiene argumentos de hace quince años. Pero tampoco pienso defender a ninguna otra asociación LGTB. Mi época de activista colectiva ya quedó atrás. Prefiero, con mucho, el activismo personal como ya dejé plasmado en este otro artículo.

Yo milité en la citada Fundación Triángulo, sí. Pero también colaboré con otros colectivos sitos en Madrid como Cogam o RQTR. Del mismo modo que tuve mucho contacto con asociaciones de otros puntos de España. Y, sinceramente, la percepción global que tengo de ellos no dista mucho de la que tengo de FT. Me da igual que en esos otros colectivos haya elecciones internas o que abanderen la democracia como si la hubieran inventado. De todos ellos han salido activistas desencantados del mismo modo que salieron (salimos) de FT. Porque el activismo gasta y desgasta. Porque en todas partes cuecen habas y siempre hay unos que trabajan y otros que se ponen las medallas. El voluntariado social suele ser uno de los sectores más desagradecidos. Y esa idea no me la va a quitar nadie de la cabeza.

Al fin y al cabo, la estructura de los colectivos viene a ser la misma que la de los partidos políticos (por mucho que, sin asomo de pudor, se definan como apolíticos). Y de sobra son conocidas las beligerancias que hay entre asociaciones LGTB. Beligerancias que puedo entender en el caso de partidos de izquierda y derecha pero no en colectivos que, aunque difieran en idearios, persiguen un mismo fin: la lucha contra la discriminación. En su momento, el enfrentamiento entre Cogam y FT se parecía más al de PSOE y PP (aunque ahora tengan incluso proyectos en común), provocando escenas entre sus voluntarios y representantes, de las que fui testigo, que no por absurdas eran menos desoladoras.

Nunca negaré el papel de las asociaciones en la consecución de derechos para los ciudadanos LGTB. Sí, en cambio, reniego de su autoproclamada condición de adalides absolutos de un colectivo que no siempre se siente (ni tiene por qué sentirse) representado por ellos.

Como ya he dicho, desde hace mucho abandero un único activismo: el personal. El único tipo de activismo en el que soy yo quien decide, controla y actúa. Un activismo que recomiendo fervientemente a cualquiera y sin el cual, por mucho que lo nieguen, los colectivos no tendrían nada que hacer.



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